martes, 19 de agosto de 2008

UNA LIGA A MEDIDA

Los pesos pesados de la política exterior estadounidense, sobre todo de la derecha, aunque también de la izquierda, están reclamando una nueva Liga de Democracias. Según ellos, algún día podría reemplazar a la ONU. Pero sus defensores parten de un grave error. Piensan que en otros países la ven como una buena idea. Y, por eso, el plan será un sonado fracaso. Por Thomas Carothers en www.fp-es.org
Texto:
No hay ámbito con mayor escasez de ideas frescas que el de las instituciones globales, todavía dominadas por una serie de organizaciones multilaterales creadas al final de la Segunda Guerra Mundial. Pero ahora ha salido a la luz la grandiosa propuesta de crear una nueva estructura internacional. La idea es que el próximo presidente de EE UU debería intentar crear una Liga de Democracias (o Concierto de Democracias). Sería una institución independiente y diferente –con el tiempo, quizá incluso un sustitutivo– de la ONU.

Están promocionando esta liga diversos expertos en política exterior de la órbita demócrata y republicana, lo que es sorprendente, dada la polarización previa a las presidenciales de noviembre. Los primeros en proponerla fueron los demócratas moderados. En 2006, los expertos G. John Ikenberry y Anne-Marie Slaughter la publicaron en el informe final del Proyecto Princeton sobre Seguridad Nacional. Ivo Daalder y James Lindsay la desarrollaron en un artículo titulado Democracias del mundo, uníos. Luego se sumaron al coro los republicanos. El politólogo Robert Kagan pidió la creación de una liga como respuesta al creciente poder autoritario de China y Rusia. El columnista neoconservador Charles Krauthammer estuvo de acuerdo. Y el candidato del partido del elefante a la presidencia, John McCain, ha hecho de ella uno de los ejes de su programa en política exterior, situando la idea en el centro del debate estadounidense.

El abanico de propuestas sobre lo que en la práctica debería hacer la nueva organización no deja de crecer. Ikenberry y Slaughter la conciben como un medio seguro de lograr aprobación internacional para las intervenciones estadounidenses en el extranjero. McCain y otros conservadores tienen en mente algo más amplio: un “pacto mundial” que “utilizaría la enorme influencia de los más de cien países democráticos (...) para promover nuestros valores y defender nuestros intereses comunes... [y] reviviría la solidaridad democrática que unió a Occidente durante la Guerra Fría”. Desde este punto de vista, no sólo se responsabilizaría de la paz y la seguridad en el mundo, sino que también serviría para presionar a los regímenes autoritarios, imponer sanciones a Irán, aliviar el sufrimiento en Darfur y afrontar crisis como el sida o el calentamiento global.

Sus impulsores se basan en el reconocimiento de que, en los últimos años, EE UU ha actuado demasiado por su cuenta. Parten de la razonable tesis de que devolver la legitimidad a las autoridades de ese país requerirá un compromiso renovado con la cooperación internacional. No hay duda de que gran parte del mundo ansía que se produzca ese cambio de rumbo en la política exterior de Washington. Pero, por desgracia, aunque la Liga de Democracias parezca una idea nueva, no lo es. Responde a los mismos instintos que inspiran el multilateralismo por encargo del que el mundo ha acabado tan harto durante la era Bush. Entre ellos se encuentra el deseo de controlar quién forma parte del grupo, la falta de interés en los puntos de vista de los demás y la insistencia en aplicar las ideas de EE UU en países cada vez menos dispuestos a acatar su liderazgo. Lo más probable es que la propuesta caiga víctima del típico deseo de controlar el acceso a una organización para asegurarse una concurrencia amistosa. En los últimos años, elecciones libres y limpias celebradas en Argentina, Bolivia, Ecuador, Líbano, Nepal, Nicaragua, Palestina y Pakistán han dado la victoria a gobiernos muy distanciados de la Casa Blanca. Ante esta situación, probablemente intentaría que la pertenencia a la organización se circunscribiese a los Estados que apoyasen sus intereses, dejando fuera a otros países democráticos gobernados por líderes hostiles, como la Nicaragua de Daniel Ortega o el Ecuador de Rafael Correa. El problema es que, aceptando a ciertas democracias y cerrando la puerta a otras, se corrompería el fundamento inspirador de la organización para convertirse en una asociación de amigos de EE UU.

Tampoco parece que los llamamientos para fundarla nazcan de un esfuerzo sincero por tantear a los gobernantes de otros países y ver si la idea siquiera les interesa. Las declaraciones sobre la necesidad de su creación han sido respondidas en los demás países democráticos con un mutismo ostensible. Cuando Kagan quiso subrayar el apoyo que la liga cosecha en Europa, sólo consiguió la adhesión de un político conservador danés. El hecho de que no se consultara a los demás cuando se formuló la idea puede contribuir a explicar su falta de sintonía con el clima reinante en la escena internacional. Debido, en buena medida, a la insistencia de Bush en calificar a la guerra de Irak como el eje central de su plan para la libertad en el mundo, ahora en todas partes la gente considera la promoción de la democracia como una tapadera deshonesta y peligrosa que EE UU utiliza para canalizar su poder e influencia. Así las cosas, intentar tender puentes con el resto del mundo con otra iniciativa liderada por Washington y centrada en la democracia denota una ignorancia casi intencionada de cómo se percibiría y se recibiría una idea así en el extranjero.

El plan se basa en la creencia ilusoria de que las democracias, por el mero hecho de serlo, comparten intereses hasta el punto de poder actuar al unísono frente a un amplio abanico de problemas mundiales. Una idea atractiva que, al menos en parte, es acertada. Sin embargo, la idea de que se alinean de forma natural es cierta sólo a medias y puede convertirse en una simplificación peligrosa. Sus políticas exteriores, como las de cualquier Estado, no vienen determinadas por la orientación interna del país. Hay otros factores de mayor peso, como la identidad regional, la religión, la composición étnica, el tipo de economía o la historia. Europa no ha logrado actuar al unísono en política exterior. Lo mismo ocurre en la OTAN, donde EE UU se ha topado con la oposición de algunos de los principales miembros en un asunto fundamental: intentar que Georgia y Ucrania entren en la organización.
Y si hablamos de incluir a democracias tan distintas como Brasil, India, Indonesia, México, Mongolia y Suráfrica, las posibilidades de que Washington encuentre en esa liga un foro dispuesto a secundar sus posiciones son bastante escasas. Como bien apuntó recientemente el ex embajador británico en Naciones Unidas, David Hannay, el historial de voto en la ONU de Brasil, India y Suráfrica –algunas de las democracias más pujantes del mundo en desarrollo– pone de manifiesto que estos países “se encuentran entre los miembros menos intervencionistas y más reacios a autorizar el uso de la fuerza”. Sólo por poner un ejemplo: McCain cree firmemente en la legitimidad pasada, presente y futura de la intervención militar estadounidense en Irak. ¿Estaría dispuesto, como dice, a “respetar la voluntad” de la liga en lo referente al futuro de esa intervención, cuando muchos miembros cuestionarán la legalidad de esa presencia?

Quizá lo más peligroso de la idea es que amenaza con esquivar e incluso obstaculizar esfuerzos reales de cooperación internacional. La propuesta conlleva la pretensión de que la nueva institución desempeñe algunas de las principales funciones de Naciones Unidas, e incluso de que llegue a sustituirla en el futuro. De hecho, la propuesta surgió, en parte, a raíz de la frustración por la imposibilidad de conseguir que la ONU aprobase la invasión de Irak, y el temor a futuros enfrentamientos aún mayores en su seno. A muchos estadounidenses les parece que intentar impulsar una reforma seria de la ONU, como una ampliación del Consejo de Seguridad y un cambio de los mecanismos de toma de decisiones, sería una empresa demasiado lenta y de resultado incierto. Ikenberry y Slaughter defienden una organización con ciertos límites de actuación, que se centraría en la paz y en la seguridad mundiales, dejando que Naciones Unidas continúe trabajando en ámbitos como la educación, el desarrollo o la salud. Imaginan una coexistencia armoniosa entre ambas. Otros, como McCain, parecen esperar que la liga sea capaz de hundir a la ONU y sustituirla en todos los ámbitos. Krauthammer lo expresó sin demasiado tacto en una reciente entrevista: “Aparentemente, todo consiste en escuchar y reunirse con aliados, el típico rollo que propondría gente como John Kerry, con la diferencia de que aquí la idea que McCain no puede decir, pero yo sí, consiste en acabar con Naciones Unidas”.

Pocos se apuntarían a una iniciativa cuyo objetivo implícito es debilitar y, en último término, demoler a la ONU, para sustituirla por un organismo menos universal. Es precisamente su universalidad, por inoperante que pueda resultar, lo que tanto se valora en muchos países y lo que la liga destruiría. Es poco probable que este concierto llegue a crearse, incluso aunque el próximo presidente estadounidense fuera un firme partidario. Washington puede lograr ciertos avances presionando a otros países, pero las reticencias de las demás democracias seguramente sean considerables. En 2000, ya se realizó un ingente esfuerzo para poner en marcha la poco conocida Comunidad de Democracias. Entonces, EE UU gozaba de una buena imagen en el mundo, y aquella institución era mucho menos ambiciosa, pero aún así no prosperó. Está claro que en la política exterior estadounidense hacen falta nuevas ideas. La mala prensa internacional de EE UU está resultándole tremendamente dañina, y los problemas del planeta (el cambio climático, el precio de los alimentos, la energía o la salud) no hacen sino multiplicarse. Sin duda, los llamamientos para que se cree un Concierto de Democracias son bienintencionados, pero no dejan de estar asociados a unas costumbres y preferencias estadounidenses que pocos quieren, o siquiera aprecian.

EL EJÉRCITO SECRETO DE BRASIL



Publicado en Foreing Policy


Los espectadores que acudan al cine a ver Tropa de élite, filme brasileño inspirado en en el best seller Elite da tropa, tal vez crean que se trata de una historia de ficción exagerada. Hasta los habitantes de Río –que suelen comentar entre amigos que, en una calle oscura, es más fácil toparse con un delincuente que con un policía– han reaccionado, en buena medida, con incredulidad ante el libro de Luiz Eduardo Soares, André Batista y Rodrigo Pimentel. Después de todo, resulta difícil creer que un agente encargado de liderar la lucha contra el narcotráfico en las favelas (barriadas de chabolas) organice juicios en los que la policía actúa como abogado y como jurado. Sobre todo, considerando que sus sentencias suelen acabar en ejecución.

Asimismo, parece imposible que un narcotraficante que intentaba salir de un suburbio para comenzar una nueva vida fuera secuestrado por agentes y obligado a volver a “trabajar” porque el jefe de la policía quería seguir recibiendo los sobornos que el fugitivo solía pagarle. Sin embargo, por desgracia, la mayoría de las historias raras, violentas, conmovedoras, repulsivas y divertidas de Elite da tropa son reales.

Soares, un ex secretario brasileño del servicio público de seguridad y ahora investigador destacado del crimen urbano, y Batista y Pimentel, ex miembros del Batallón de Operaciones Policiales Especiales de Río de Janeiro (BOPE, por sus siglas en portugués), compusieron su historia a partir de una serie de relatos con material rescatado de sus recuerdos y las experiencias de amigos. Es una receta potente: en sus mejores momentos, el libro transporta al lector a escenas de la guerra contra los traficantes con una intensidad rara vez alcanzada en la prensa tradicional. Y, al hacerlo, derriba la barrera sanitaria que los brasileños construyen para lidiar con las tragedias cotidianas. Como escriben los autores, muchos de los habitantes de Río viven con una rutina de asesinatos “como peregrinos que cargan con la cruz y sienten su peso y su tamaño, pero no se paran a observarla para saber cuál es su forma y comprender su naturaleza”. Elite da tropa agarra a sus lectores por el pescuezo y les obliga a ver el auténtico coste de una guerra perdida.

El libro se divide en dos partes. La primera se centra en el BOPE, creado hace 30 años como un cuerpo para agentes de policía altamente cualificados entrenados para liderar misiones de rescate de rehenes y especializado en llevar a cabo operaciones en las favelas, donde los narcotraficantes han establecido centros de distribución con fuertes medidas de seguridad. Para ser un caveira (calavera), como se denomina a los miembros del batallón, es necesario un duro entrenamiento. Ahogamientos simulados, torturas, privación de alimento y humillación son requisitos de admisión habituales. El sufrimiento hace que ser aceptados en el BOPE sea un honor tan grande que da a sus miembros la fuerza para resistir a los sobornos y chantajes, tentaciones frecuentes a las que se enfrentan los agentes corrientes en Brasil.

Su entrenamiento y sus operaciones hicieron famoso al BOPE, y a sus oficiales, orgullosos de pertenecer a una de las mejores brigadas de policía del mundo. Hasta hace poco, la cifra de agentes del batallón ascendía a 150. Hoy son unos 400. Y, pese a que varios miembros han sido expulsados del cuerpo por tener vínculos con el crimen organizado, sus comandos, que constantemente arriesgan su vida a cambio de unos 800 dólares al mes (unos 510 euros), aún mantienen una profesionalidad poco frecuente entre los policías de Brasil o de cualquier otro lugar.

La primera parte de Elite da tropa (‘Diario de guerra’) es narrada por un oficial del BOPE anónimo, inteligente, agresivo y amargo. Hablando con el lector como si estuviera siendo entrevistado por un reportero, comienza a contar historias que no siguen un orden cronológico ni describen la evolución de un solo personaje. Se trata más bien de instantáneas entresacadas de un largometraje o fogonazos que de repente iluminan una escena que pronto vuelve a quedarse a oscuras: el compañero que muere por fuego amigo, el francotirador impaciente por utilizar su nuevo rifle. El autor prefiere construir un relato que describa a todos los oficiales del BOPE.

“Si estás esperando un discurso con buenos modales, olvídalo. Puedes cerrar el libro”, advierte el narrador. Sin remordimientos, y con voluntad de admitir algunos de los daños colaterales de la guerra contra el crimen, describe las operaciones del BOPE con crudeza. “Los delincuentes nos tienen miedo (...). Anoche, por ejemplo, no cogimos a nadie. Si nos topamos con un vagabundo en las redadas nocturnas, es hombre muerto”, escribe. No alardea de los hechos, pero tampoco se avergüenza de ellos. “Las víctimas son proscritos; por eso, las técnicas de interrogatorio como el ahogamiento y las descargas eléctricas son adecuadas. La tortura es aceptable cuando el fin justifica los medios”, afirma el narrador.

No es el único que opina lo mismo. Un estudio reciente llevado a cabo por el IBOPE, la empresa brasileña líder de estudios de mercado, puso de manifiesto que el 26% de los ciudadanos está de acuerdo en que la tortura es una herramienta legítima para la policía. Y lo que es más, el libro Cómo piensan los brasileños, de Alberto Carlos Almeida, publicado en 2007, reveló que el 30% de la población aprueba las agresiones de los agentes con resultado de muerte. Esta aceptación pública, combinada con la ineficaz supervisión burocrática, se ha traducido en unas alarmantes cifras de fallecimientos a manos de la policía de Río de Janeiro. En un Estado con poco más de 15 millones de habitantes, 1.330 personas fueron asesinadas por la policía en 2007.

En la segunda parte del libro, titulada ‘Dos años después: La ciudad besa la lona’, los autores abandonan las trincheras de la guerra urbana para centrarse en el trabajo interno de la Administración del Estado. Escenas cortas, que recuerdan a un guión de cine, relatan una intrincada trama en torno al inspector jefe de la policía, Vítor Fraga. Angustiado por la deuda pendiente de una campaña electoral fracasada, Fraga pretende sacar al BOPE de Rocinha, la favela más grande de Río y el mercado de la droga más lucrativo para la élite de la ciudad. Para que las ventas de droga, y los sobornos a los agentes, vuelvan a la normalidad, es necesario eliminar al batallón. Al describir las macabras secuelas de las maquinaciones del oficial, los autores ponen de manifiesto una triste realidad de la guerra contra el narcotráfico en Río: los soldados del BOPE, a pesar de toda su valentía y violencia, no son más que peones a disposición de los políticos y de otros policías corruptos. Y las cuestiones planteadas por un bienintencionado “secretario de seguridad” de ficción (en buena medida basado en las propias experiencias de Soares como vicesecretario en 1999, y como ministro de Seguridad en 2003) captan la escalada de confusión dentro del Palacio de Guanabara, la sede del Gobierno del Estado: “¿Quién está al mando en realidad? ¿Las bandas, los capos de la droga, los políticos? (...) ¿Qué policías son éstos? No son instituciones. Son campos de batalla. Son mercados persas. Son tribus en guerra”.

Best seller en Brasil, con más de 150.000 copias vendidas, el libro inspira la polémica película de José Padilha Tropa de élite, ganadora de un Oso de Oro en la edición 2008 del Festival Internacional de Cine de Berlín, que ya ha pasado por la cartelera española. La película ha sido todo un fenómeno en Brasil desde su estreno en 2007. La filtración de una copia antes de su estreno oficial le vino de perlas a los vendedores callejeros, a quienes les quitaban de las manos las cintas piratas, lo que permitió ver el thriller a numerosos habitantes de las favelas que rara vez acuden a las salas de cine. Acostumbrados a temer los disparos reales del BOPE, les pareció verosímil la irónica representación del capitán Nascimento, narrador de la película, que presenta la misma mezcla de agresividad, inteligencia, rudeza y angustia que el policía anónimo del libro.
Nascimento tortura, asesina, y, día tras día, empieza a parecerse a los delincuentes contra los que se enfrenta. Pero lo hace con una inteligencia y un humor que permiten al público identificarse con él. Poco a poco se ha convertido en un héroe pop. Sus frases –“la culpa es del Papa” (después de ordenar una ejecución), “di que quieres que esto acabe” (a los agentes durante los entrenamientos)– se escuchan a menudo por las calles. El uniforme del BOPE fue uno de los disfraces más populares del carnaval 2008 de Río de Janeiro. Todo el cuerpo de policía se ha puesto de moda: los periódicos y las revistas publican con frecuencia aspectos de las duras situaciones a las que se enfrentan los agentes, e incluso algunos de ellos están impartiendo conferencias sobre motivación para los compañeros interesados en adoptar el lema de los soldados: “Una misión encomendada es una misión cumplida”.

Para muchos brasileños, la popularidad del libro y de la película parece indicar que la crisis de la seguridad pública sólo puede resolverse a través de la violencia. Lo que no se plantean es por qué esta estrategia, puesta en práctica de manera informal por parte de la policía brasileña durante décadas, no ha podido evitar el asesinato de 50.000 personas cada año. Tal vez, como ocurre con muchas otras desagradables realidades de esta batalla entre la policía y los delincuentes, se trata de un hecho que la gente no está dispuesta a aceptar hasta que no tenga otro remedio, o hasta que alguien convierta la verdad en una emocionante obra de arte.

EL EJÉRCITO VIRTUAL DEL KREMLIN


Comenzó como un conflicto digital bastante predecible, que emulaba al del mundo real y mostraba un buen despliegue de ciberguerra convencional: atacaron webs, borraron comentarios y destrozaron fotos. Una broma en la página del Ministerio de Asuntos Exteriores georgiano comparaba al presidente del país, Mijail Saakashvili, con Adolf Hitler. Publicado en Foreing Policy lea más

lunes, 18 de agosto de 2008

La OTAN se reúne de emergencia


Los ministros de relaciones exteriores de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se reúnen este martes de emergencia en Bruselas para discutir de qué manera la alianza podría responder a las acciones militares de Rusia en Georgia. Reportaje de la BBC de Londres.
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El brazo ejecutor de Bush


Profundamente solo dentro de Pakistán y abandonado por Estados Unidos, país al que sirvió con fidelidad perruna, Pervez Musharraf tiró la toalla ayer, incapaz de luchar su última batalla: defenderse ante un Parlamento hostil que le exigió que rindiera cuentas de los miles de civiles y militares muertos durante sus nueve años de dictadura. Reportaje de El País
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domingo, 17 de agosto de 2008

Obama entra en la hora de la verdad


Concluidas las vacaciones, el duro examen de Rick Warren, el pastor conservador que el sábado recibió en su iglesia de California a los dos candidatos presidenciales, demostró algo que viene siendo norma en esta campaña: es Barack Obama el que tiene que ofrecer mayores pruebas de su cualificación; es a él, no a su rival, John McCain, al que se indaga con curiosidad y sospecha sobre sus verdaderas condiciones para ser el próximo presidente de EE UU. Es sobre él sobre el que cae el foco. Por Antonio Caño de El País
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Tensiones en el Cáucaso, tierra de eternas conquistas y rebeldías


Su lugar estratégico entre Oriente y Occidente y su geografía montañosa, que lo hace inexpugnable, lo pusieron siempre en la mira de los imperios. Hoy, cuando se vislumbran cambios en el balance del poder mundial, vuelve a ser el centro. Reportaje publicado en Clarín
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